Calidad ambiental

Reuters/Luke MacGregor

De forma análoga a la empleada en el análisis climático, la temperatura, la humedad o la ventilación, referidas al ambiente interior de nuestras viviendas, pueden considerarse factores ambientales capaces de condicionar nuestro estado de salud.

Conocer las implicaciones de estos fenómenos es fundamental para tomar la decisión de los materiales, sistemas constructivos e instalaciones que formarán parte de los proyectos de obra nueva o rehabilitación que pongamos en marcha.

Los espacios en los que vivimos o trabajamos, contemplados como sistemas físicos más o menos permeables, no dejan de ser microescenarios para un flujo de energía que está en nuestra mano entender y modelar y poner en consonancia con el macroescenario en el que toda la vida se despliega.

Con esta entrada continuamos la serie de textos que integrarán la pequeña guía de bioconstrucción para autoconstructores.

Para dosificar la lectura he divido el contenido en dos partes.

En esta primera parte trataré de enmarcar el tema hablando del clima, sus ciclos y su influencia en el ambiente interior.

En la segunda, que podrás leer en la siguiente entrada, hablaré en detalle de la temperatura, la humedad y la ventilación, como expresiones particulares de la calidad ambiental.

Para ir rompiendo el hielo, hablemos del tiempo.

Desbordados

Los recientes “caprichos” del tiempo han sido el guión en más de una charla durante las últimas semanas. Ríos de tinta han corrido sobre los ríos de nuestra geografía.

En apenas un par de meses, ante nuestra atónita mirada, el ciclo del agua ha desbordado nuestros ríos y nuestra corta memoria. A la nieve le sucedió el hielo y a este la lluvia, el incremento de la temperatura y el deshielo.

Para variar, las trifulcas entre gestores y beneficiarios de las cuencas de los ríos han silenciado las voces que reclamaban aprovechar la ocasión para aprender y comprender varias cosas importantes.

Por una parte, la falta de un análisis sosegado nos ha evitado la incomodidad de confirmar que este episodio invernal es sólo uno de los ya muchos que se vienen acumulando en una historia mayor, mucho mayor. Centrados más en el corto plazo del tiempo meteorológico que en el climatológico, preferimos distraer nuestra mal disimulada inquietud por la alteración de los patrones climáticos planetarios.

Por otra, los partidarios de la gestión hídrica más dura, tristemente limitada por criterios políticos y administrativos, han vuelto a mostrarse miopes frente a la compleja realidad de nuestros ríos, verdaderos ecosistemas cuyo ámbito supera con creces el de su cauce.

Una vez más, pretender diseñar sistemas complejos es una tarea que se nos queda grande. Y más si hacemos oídos sordos de quienes vienen advirtiendo de las consecuencias de nuestros desmanes.

Creernos, como decía un poco más arriba, gestores y beneficiarios de la naturaleza, de la vida, al fin y al cabo, no deja de ser una ilusión. Quizás la más devastadora de las ilusiones.

Y si no, al tiempo.

El ambiente que vivimos peligrosamente

Una de las acepciones que el diccionario de la Real Academia de la Lengua recoge en su definición de clima es la de “ambiente”, del latín ambiens, ambientis “que rodea o cerca”.

Coloquialmente, solemos hacer referencia al buen ambiente en el que nos gustaría encontrarnos, no sólo dentro del gran edificio social, sino también dentro de nuestros espacios de trabajo o de nuestra vivienda, nuestro particular cobijo.

Si el conjunto de fenómenos meteorológicos que conocemos como clima rodea y determina nuestra vida en el exterior, no es descabellado pensar que el ambiente de los espacios cerrados en los que pasamos entre el 90% y el 95% de nuestra vida, condiciona y moldea en algún grado nuestra vida.

Como veremos más adelante, hablar de exterior e interior no deja de ser una simplificación, probablemente excesiva, que nos ha llevado, en nuestra arrogancia, a pensar que podíamos crear algo parecido a espacios herméticos en los que vivir sin que ello tuviera consecuencias en nuestra biología.

Mucho me temo que el empeño de la mal entendida construcción sostenible por hacer de la hermeticidad y el aislamiento su bandera se saldará con perjuicios para nuestra salud y la del entorno, análogos a los que la crisis energética de los años 70 trajo consigo y que aún padecemos. Pero esto son cosas mías.

Cuando usábamos nuestra inteligencia en cuestiones más de andar por la Tierra, nuestros cobijos, como los de los animales, estaban constituidos por materiales de origen vegetal y mineral, recolectados en las inmediaciones de la construcción.

En función de la climatología, que nuestros antecesores tenían perfectamente integrada en su estilo de vida, una equilibrada combinación de estos materiales hacía posible asegurar un buen aislamiento, junto con una elevada capacidad de acumular el calor procedente de un sol al que, por aquel entonces, permitíamos regular nuestro ritmo vital.

Hoy, hasta un 90% de los materiales que incorporamos en nuestras viviendas son de origen sintético. Sin duda, eran otros tiempos.

En nuestros días, en especial en nuestras ciudades, supuestas mecas de la buena vida, un clima enrarecido está detrás de un abanico de dolencias que abarca desde los resfriados, las alergias o los dolores de cabeza, hasta el asma y otras dificultades respiratorias, la hipertensión arterial, las complicaciones circulatorias y los trastornos renales, pasando por las alteraciones del sueño, las depresiones, la irritabilidad, la disminución de la fertilidad o la reducción de la esperanza de vida.

La evidencia científica está ahí para quien quiera verla.

Teniendo en cuenta que el aire que respiramos en el interior de los espacios interiores se genera fuera de ellos y hasta un 50% de su composición depende de su calidad en el exterior, nuestros esfuerzos deberían centrarse, más que en aspirar a aislarnos a toda costa, en elegir una adecuada ubicación de los espacios en los que vivimos y trabajamos y en no agravar la situación de partida.

Únicamente en casos extremos, como los sufridos por personas afectadas por Síndromes de Sensibilización Central o por hiperelectrosensibilidad, cuya causa evidente es ambiental, podría estar justificado, como medida excepcional, plantear algún tipo de “aislamiento espacial” o, mejor, de control ambiental.

Me sabe mal zanjar en apenas unas líneas un asunto tan delicado. En mi descargo diré que albergo la intención de publicar más adelante el contenido de una pequeña guía de control ambiental que escribí hace unos años.

Es lo menos que puedo hacer.

Calidad ambiental en interiores

La tesis que pretendo defender es que los materiales, los sistemas constructivos, las instalaciones y el equipamiento determinan el ambiente en el que vivimos o trabajamos. Y que este ambiente influye de forma decisiva sobre nuestra salud, resultado de un continuo proceso de interacción a través de las sucesivas pieles que envuelven el complejo organismo que ahora somos, incluida la piel que es nuestra casa (Hundertwasser dixit).

Según la OMS, hasta un 30% de los edificios modernos padecen lo que se ha dado en llamar Síndrome del Edificio Enfermo. Construcciones cuya tarjeta de presentación son sus grandes números (desmesurados consumos de hormigón, acero y vidrio, apabullantes dimensiones, abultados presupuestos,…) deterioran la salud de sus ocupantes de forma temporal o permanente.

Instalaciones de aire acondicionado, de calefacción y eléctricas agravan los efectos de materiales mayoritariamente metálicos y sintéticos y sistemas constructivos herméticos que ignoran nuestra biología y maximizan el valor de consideraciones tecnológicas y económicas.

Investigaciones recientes aportan evidencias de que la calidad del ambiente interior influye no sólo en la aparición de molestias más o menos específicas, sino que puede suponer una interferencia en nuestra creatividad, nuestro rendimiento laboral e incluso nuestra belleza.

En la siguiente entrada, intentaré explicarte cómo la temperatura, la humedad y la ventilación, influyéndose mutuamente, determinan el ambiente interior de nuestras viviendas y lugares de trabajo.

Existe un factor más que completa este listado, pero que por su relevancia y especificidad merece una dedicación especial. Se trata del electroclima. Hablaré pronto de ello por aquí.

De momento, te dejo con una cuestión: ¿Hasta qué punto crees que tu salud podría verse afectada por la calidad ambiental de tu vivienda actual?

En la próxima entrada analizaré algunos de los factores clave para evaluar el estado de salud de tu vivienda.

¿Quieres saber más?

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